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viernes, octubre 19, 2007

¿De qué chucha habla Marta Blanco cuando habla de cómic?



(Debería haber escrito esto antes, lo sé, pero no pude por tiempo)


1. Asco me dio el artículo de Marta Blanco en Artes y Letras de El Mercurio hace dos semanas. No sólo lo encontré pedante, sino también al borde de la majadería y demuestra lo desinformada que esta la señora sobre los cómics y su incorporación en el maletín literario. Como precoz lector de historietas, fue tanto el asco que ni siquiera pude terminar de leer las páginas. Sé que esto del maletín da para harto debate, desde los que lo tildan de populista (Cristián Warken, quien prometió quemar su artículo de opinión frente a la Biblioteca Nacional si el maletín funcionaba) hasta los que aceptan pero que piden más iniciativas para incentivar la lectura (Alberto Fuguet).

Del artículo de Marta Blanco, varias frases que me provocaron una mezcla entre pena y risa. Declaraciones "menores", como diría Zúñigol. Cito algunas:


"Pero si vamos a entregar libros donde el niño pequeño descubra la narrativa, el cuento, la poesía; la felicidad que procuran las palabras, su ritmo y su respiración, temo a los cómics como a la peste negra."

"Para comprenderlos no necesitan el lenguaje y estaremos ayudando a volatilizar el castellano. De pronto, ya no serán setecientas las palabras en uso; ya hablan el coa delictual con la naturalidad de un reo. Y es que son reos de un lenguaje disminuido y selvático."

"El cómic me parece una reverencia inútil a lo conocido. No les estamos abriendo puertas sino cerrándolas a la lectura con los "monitos"."


Justo esa semana había sacado un libro de la biblioteca de providencia (sector juvenil): Kafka para principiantes, que me llamó la atención más que nada por los dibujos de Robert Crumb. Creo que aquel libro -una suerte de mix entre biografía, frases y datos varios- es uno de los mejores acercamientos a la obra de Franz Kafka para gente más joven. Y combina "monitos" (qué manera más cursi de hablar) con literatura de la buena.



Y entonces, el domingo siguiente, harto sentido me hizo la columna de Álvaro Bisama en la Revista de Libros(Pestes negras, una de las mejores del último tiempo junto con Fama) que era bastante esperable de su parte. Creo que explica justamente por qué las opiniones de Marta Blanco pecan de ingenuas y arrogantes (es cosa de ver los foros de fans comiqueros, los que saben del asunto).


Parte de Kafka para principiantes online.



2. El próximo jueves es la premiación del Bolaño en la Feria del Libro de Santiago. El Rayo Avellaneda no era mi cuento preferido, pero como mencionó Pablo Rumel -quien junto a Esteban Catalán y su digresiva y mariconada novela, es otra de las menciones (des)honrosas- "Los premios literarios fueron hechos como un trasunto de la ruleta rusa. Podías jalar del gatillo y temblar de miedo, matarte de la risa, o permanecer impávido".


Acá un extracto de El Rayo Avellaneda:

Entré al hospedaje, la casera me anunció que había vuelto y toqué suavemente la puerta. Avellaneda entreabrió y logré ver, por unos segundos, el interior de su pieza de un ambiente: cama, baño y una cocina pequeña. A primera vista, lo único de valor que se veía era una televisión algo destartalada, con un par de revistas religiosas encima. Me dio algo de tristeza, como si frente a mí estuviese alguien que siempre tuve rondando en mi inconsciente. Era extraño, pero en mi mente permanecía una de las imágenes que había encontrado en los diarios de a mediados de los ochenta, una en que se retrataba bien al argentino canchero, el dueño de la fiesta que se rodeaba de vedettes exuberantes y de la farándula nacional.

Avellaneda me miró. No se había afeitado por semanas. Vestía una guayabera de seda que olía a sudor, ajetreo nocturno.

-¿Qué querés? –me dijo con una voz rasposa, whiskera.

Me quedé estupefacto. No pude decirle que quería hacerle una entrevista, que venía de Chile. Por mi mente pasaron varias escenas de su época de oro, como diapositivas que cambian vertiginosamente en una sala oscura. Miré su rostro: ojeras, ojos rojizos y varias arrugas. Se le notaban las raíces grisáceas, al igual que esas personas que se tapan las canas con colorante para el pelo.

-No, nada -murmuré-. Parece que no es el número que ando buscando. Disculpe.

Cerró la puerta al instante. Una brisa fría me pegó en la cara. Permanecí afuera. Lo escuché por un rato: prendió la televisión y se tiró en la cama, y ésta crujió. Contemplé su silueta desde afuera por unos segundos, y me largué.

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