No respire, lea (un acercamiento a William Boyd)

Buena lectura lo de Sin respiro de William Boyd. Un autor que (casi) nadie conoce o ha leído por acá. O por lo menos eso me pareció. No sé si a Piglia le gusta, pero me acordé harto de Respiración artificial y esas conjuras sobre lo que se esconde tras el poder y la política. Dejo el boceto extended-remix del artículo que se puede hallar en su versión final acá (y donde, además, al postear participan en el sorteo de un ejemplar de la excelente y altamente recomendable Sin respiro). Acá, entonces, dicha nota de largo aliento sobre el autor escocés:
Elemental, mi querido Boyd
Lo resumimos de la siguiente manera: no lea el último best seller sobre abogados o esa novela histórica que está de moda. Lea “Sin respiro”, una entretenida historia sobre espionaje y contra-espionaje. ¿El autor? William Boyd, perteneciente la generación de Martin Amis y Hanif Kureishi pero que en Chile ha pasado más bien en silencio cuando sus libros arriban. Alguien que escribe sobre identidades cambiantes y falsas apariencias. Y del cual -esperemos- su seudoanonimato cese ahora. Porque “Sin respiro” tiene razones de peso para captar un buen puñado de lectores. Y, además, la sorteamos aquí mismo entre los que comenten.
Por Antonio Díaz Oliva
Ser o no ser
La primicia es simple: un día notas algo extraño en tu madre. Resulta que ella (que ya es anciana y vive en el campo) está segura de que la vigilan. Una semana después la vas a ver y te cuenta que compró unos binoculares. A la siguiente visita tiene un revolver que guarda bajo la almohada. Y cada vez anda más paranoica. Hasta que cierta vez, cuando le preguntas el porqué de su extraño comportamiento, te pasa un diario de vida. Y lo lees y resulta que tu madre no es tu madre. O sea: ella sí es tu madre, pero no es la persona que suponía ser. Tu madre fue una espía. Trabajó gran parte de su vida para los Servicios Secretos Británicos. Y no sólo eso; fue clave para que Estados Unidos se metiera en la Segunda Guerra Mundial y la derrota de los nazis se hiciera posible.
Así empieza y se desarrolla la primera parte de la novela Sin respiro (2006) del escritor escocés William Boyd (56 años). Y vaya que le hace honor al título, ya que es una historia que avanza a pasos rápidos y seguros, como un misterio a lo Sherlock Homes pero actualizado. Y que –justamente- deja al lector sin mucha respiración y con ganas de continuar digiriendo la prosa adictiva de Boyd.
Nadie sabe para quién trabaja
Nacido en África, William Boyd lleva publicando novelas desde fines de los ochenta. La misma época en que fue incluido junto a Martin Amis, Julian Barnes, Hanif Kureishi e Ian McEwan en el dream team de las letras inglesas. Pero en Chile, al lado de la buena salud de sus coetáneos, los libros suyos pasan bastante desapercibidos. Esperemos, entonces, que con Sin respiro cambie el panorama. Porque es uno de los estrenos literarios más entretenidos de este 2008. Una historia situada un peldaño más arriba que las novelas sobre espionaje o temas bélicos publicitadas bajo el rótulo best seller en las librerías y bibliotecas.
En otras palabras: no se compre el nuevo libro de John Grisham o los anchos volúmenes de Ken Follet. Vaya a la librería más cercana y –cuando vea en la portada de un libro una mujer mirando por binoculares- dígale al encargado que quiere esa novela de espías. Porque sí; Sin respiro es una novela de espías y de contra-espías. O más bien un historia sobre espías que espían a espías. Lo cual sueva bastante complejo, pero que Boyd –gracias a una pluma ágil- soluciona bien.
Además en Sin respiro se refleja bastante bien el tema que Boyd escribe en gran parte de sus novelas: nadie sabe para quién trabaja. Ya sea en el espionaje de la Segunda Guerra Mundial (Sin respiro); en el mundo de la compra y venta de obras de arte (Barras y estrellas, 87); o en las turbias empresas de seguros que prometen mucho y devuelven poco (Armadillo, 01).
Boyd es un autor que, por ejemplo, funciona a la Don DeLillo pero quitándole todo la paranoia y el miedo estadounidense. Lo que reemplaza con grandes cantidades de humor negro británico. Porque Boyd posee esa típica sensibilidad inglesa que lo emparenta a ratos con David Lodge o hasta Hanif Kureishi.
Englishman in New York
Es británico pero su sueño es ser estadounidense. O, por último, que lo acepten en la sociedad gringa. Henderson Dores se muda a Nueva York con la misión de pasar desapercibido en la gran manzana. Lo cual se le hace imposible debido a que definitivamente es demasiado inglés para este mundo (incluso práctica esgrima, deporte causante de risas entre sus amigos estadounidenses).
Dores, también, se mudó a Nueva York para trabajar en una empresa que remata, compra y vende obras de arte. Y todo se le complica cuando lo destinan a un pueblito perdido en Alabama a tazar unos cuadros de un millonario tipo cowboy. Barras y estrellas (87) trata de como en menos de una semana tu vida se puede ir al carajo, ya que al pobre Dores –como en la peor comedia tragicómica- todo le sale mal. La familia del magnate resulta ser algo parecido a los Locos Adams y la tasación de las valiosas obras de arte, se convierte en una gran jaqueca y no un mero trámite.
Barras y estrellas (segunda obra de Boyd) a ratos se convierte en un libro sobre el tráfico de arte. Una área pantanosa donde se mueve harto dinero (lavado, a veces) y el cual, según la pluma de Boyd, se puede poner tan turbio como la cosa nostra.
Un buen retrato de la cultura inglesa y de la cultura redneck gringa (esa de Texas y los pueblitos conservadores que votan por John McCain), Barras y estrellas se digiere en un santiamén. Igual de rápido que esas novelas pulp policiales, lo que hace a esta obra una excelente lectura light, pero no por eso ausente de méritos literarios.
“Barras y estrellas” está disponible en Biblioteca de Santiago.
Armadillo
Lorimer Black, el protagonista de Armadillo (01), se pregunta: “¿Qué podía llevar a un hombre a atar una cuerda de tender a una cañería, colocarse un nudo alrededor del cuello y darle una patada a la escalerita de mano que le mantenía en pie?”. Eso porque justamente, una mañana camino a cerrar un trato, se encuentra con un cliente ahorcado.
Lo que pasa, claro, es que Black trabaja en una compañía de seguros. Y Armadillo trata precisamente sobre ese mundillo. El de las aseguradoras que, a fin de cuentas, no aseguran nada. Y el de las empresas que aseguran sus edificios para luego quemarlos y cobrar la plata de la póliza contra catástrofes. El empleo de Black es cerciorarse de que el incendio no haya sido causado por los mismos propietarios para hacerse con el dinero del seguro.
Una idea –que es el núcleo de la novela- y que Boyd ha resumido de la siguiente manera: “Para mí, las compañías de seguros encarnan un mundo fascinante: por un lado, nos dan ese sentimiento de seguridad del que hablaba antes y, por otro, sospechan por sistema de todos nosotros, piensan que siempre intentamos cobrar la póliza de forma fraudulenta”.
Armadillo -en la misma línea que Barras y estrellas- continúa con ese humor tan británico, el tema de las apariencias y vueltas de chaquetas (e incluso los narradores de ambas obras son bastante similares). Por la mitad de la novela la trama se enreda un poco (debido a la gran cantidad de personajes que en un momento aparecen y desaparecen). Pero como le dice un tipo a Black: “…no te preocupes por el cuadro completo, trata de encajar todas las piezas”.
Y, al final, al encajar las piezas de Armadillo, la moraleja pareciese decir que por mucho que nos guste asegurar cosas en la vida, al final del camino, lo más seguro es que nada es seguro.
“Armadillo” está disponible en Biblioteca de Santiago.
Respiración artificial
Ya sabemos que la última novela de William Boyd es sobre identidades falsas. La protagonista de todo esto es Ruth (profesora de inglés para inmigrantes en Oxford).y su madre –la espía- se llama Eva Delectorskaya (vaya nombrecito). La novela, entonces, es una alternancia entre la historia de Eva y lo que le va pasando a Ruth al enterarse del misterioso pasado de su madre.
Seguimos a Eva desde Inglaterra hasta Canadá, pasando por México y muchas más locaciones mundiales. Incluido un misterioso altercado en Nuevo México, el cual termina siendo el detonante para que Eva abandone su papel de espía. Esto porque, en un momento dado, empieza a sospechar que su jefe (con quien además se involucró afectivamente) puede ser un espía de los otros (los malos, digamos) infiltrado para arruinar los planes de los Servicios Secretos Británicos.
Y al leer ese diario, una Ruth bastante confundida, siente que ya ni si quiera puede confiar en su progenitora: “…esta mujer, mi madre, a la que evidentemente no había conocido nunca de verdad, nacida en Rusia, espía británica, que había matado un hombre en Nuevo México en 1941, se había convertido en una fugitiva y que, una generación más tarde, me había contado finalmente su historia”, se lamenta.
La novela también se basa en la primicia: “Once a spy, always a spy” (traducción libre: “Espía alguna vez, espía para siempre”) que representa bien a Eva Delectorskaya. Ya que, pese a que abandonó los Servicios Secretos Británicos hace tiempo, a veces sigue comportándose como si estuviese de servicio. Y por eso la paranoia le recae de repente. Porque siente que, debido a la valiosa información que aún maneja, la buscan para eliminarla.
Lo otro es que Sin respiro no cae en las mismas falacias que muchas novelas detectivescas o de espías. Ya saben: esos altos niveles de tensión que se pone en la resolución del caso y que al final pasan la cuenta. Porque tantas son las ganas de saber quién es el asesino, que casi siempre uno no termina cien por ciento satisfecho. Boyd hace algo más inteligente: maneja la tensión homeopáticamente. El peso del libro no recae totalmente en el clímax. Así, cuando ya sabemos el desenlace del la trama, la historia se ha extendido lentamente y deja un gusto agradable.
No quepa duda que Sin respiro es una novela que pide (a gritos) una (buena) adaptación fílmica. Y eso tanto temáticamente, como en la forma que está escrita. Leer los diálogos de este libro es como ver uno de los capítulos intricados de C.S.I. O una de las buenas películas de James Bond.
De hecho en Inglaterra la discusión es si Boyd es un buen escritor que hace novelas o un buen “entretenedor” que hace novelas. O sea que el primero es un “artista” y el segundo un mero redactor que sacia el ocio de la gente. Y Boyd, recalcan muchos, estaría más cerca de la segunda opción.
Aunque, a fin de cuentas, eso da lo mismo: William Boyd entretiene y a la vez es un literato de tomo y lomo. Y digamos que con eso basta y sobra. Basta y sobra para decir las dos palabras más importantes en este tipo de casos: misión cumplida.
El link de la nota donde pueden participar en el sorteo de un ejemplar de "Sin respiro".




