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viernes, septiembre 25, 2009

Actualiza 60 watts...


Hay nuevo número de 60watts. Viene con un cuento inédito de Roberto Bolaño (no sale en ninguno de sus libros) y, además, una traducción mía a un relato de Miranda July que no sale en su único libro de historias No one belongs here more than you recién aterrizado por Chile.

Acá va:

Roy Spivey

Por Miranda July


Dos veces me he sentado al lado de un hombre famoso en un avión. El primero fue Jason Kidd de los New Jersey Nets. Le pregunté por qué no volaba en primera clase, y dijo que era porque su primo trabajaba para United.

“¿Y no es esa una mejor razón para ir en primera clase?”

“No. Me gusta así”, dijo, extendiendo sus piernas hacia el pasillo.

No le pregunté más ya que ¿qué sé de los altos y bajos de ser una estrella deportiva? No hablamos en el resto del vuelo.

No puedo mencionar el nombre del segundo famoso, pero les diré que es un rompecorazones casado con una joven actriz. Asimismo, tiene la letra V en su primer nombre. Eso es todo (no puedo decirles nada más que eso). Pero piensen en la palabra espionaje. Ok, eso es todo. Le digo Roy Spivey, que es casi un anagrama de su nombre.

Si fuera una persona más segura de sí misma no habría cedido mi asiento en un vuelo sobrevendido, no habría sido llevada a primera clase, no me habría sentado cerca de él. Esta era mi recompensa por ser apurona. Él durmió la primera hora, y fue asombroso ver una cara famosa tan vulnerable y tan vacía. Roy tenía el asiento de la ventana y yo tenía el del pasillo, y sentí como si lo cuidara, protegiéndolo de las luces brillantes y de los paparazis. Duerme, pequeño espía, duerme. Es por esta razón, en una relación, que siempre dejo a los hombres que me vean quedarme dormida antes que ellos. Me hace sentir que, aunque sea más alta, soy frágil y necesito que me cuiden. Un hombre que puede ver la debilidad de un gigante, sabe que es un hombre de verdad. Además, a ese tipo de hombres seguramente las mujeres pequeñas lo vuelven ligeramente loco. Por lo que, de hecho, es posible que les atraigan las mujeres altas.

Roy Spivey se movió en su asiento, despertándose. Rápidamente cerré mis ojos y luego lentamente los abrí, como si yo, también, hubiese estado durmiendo. Ah, pero él todavía no había abierto sus ojos. Cerré los míos de nuevo y los volví abrir al instante, lentamente, y él abrió los suyos, lentamente, y nuestros ojos se encontraron, y pareció como si hubiésemos despierto de un sueño único, del sueño de nuestras vidas. Yo, una alta pero descuidada mujer; él un distinguido espía, pero no en verdad, sólo un actor, pero no en verdad, sólo un hombre, incluso sólo un chico. Esa es la otra forma en que mi altura puede funcionar sobre los hombres, la forma más común: me transformo en sus madres.

Hablamos incesantemente en las siguientes dos horas. Tuvimos ese tipo de conversación que trata específicamente sobre todo. Él me contó íntimos detalles sobre su esposa, la bella Señora M.

¿Quién hubiera adivinado que aquella mujer fuera tan problemática?

“Oh, sí, todo lo que sale en los tabloides es verdad”

“¿En serio?”

“Sí, especialmente lo de los desordenes alimenticios”

“¿Pero los romances?”

“No, no los romances, claro que no. Uno no puede confiar en los bloides

“¿Bloides?”

“Les llamamos ‘bloides’. O ‘tab’”

Cuando las cenas estuvieron servidas fue como si estuviéramos desayunando juntos, y cuando me levanté para ir al baño él bromeó, “¡Me estás abandonado!”.

Y le dije, “Volveré”.

Mientras caminaba por el pasillo, varios de los pasajeros me miraron fijamente, especialmente las mujeres. El rumor había viajado rápido en este pequeño vuelo-pueblo. Tal vez, incluso, había algunos escritores de “bloides” (sí, definitivamente había algunos escritores de “bloides”). ¿Habíamos conversado demasiado fuerte? A mí me pareció que susurrábamos. Miré en el espejo mientras orinaba y me pregunté si yo era la persona menos agraciada con que él había charlado alguna vez. Me saqué la blusa e intenté lavarme debajo de mis brazos, lo que era imposible en un baño tan pequeño. Lancé manotazos llenos de agua hacia mis sobacos pero aterrizaron en mi falda; estaba hecha en el tipo de fábrica que se vuelve más oscura cuando está mojada. Me había metido en una situación realmente grave. Actué rápidamente, me saqué la falda y remojé todo en el lavatorio, luego la retorcí y me la puse de nuevo. La suavicé con mis manos. Ahí estaba. Era todo una gran mancha oscura ahora. Caminé de vuelta por el pasillo, siendo cuidadosa de no tocar a nadie con mi falda oscura.

Cuando Roy Spivey me vio, gritó, “¡Volviste!”

Y reí y me dijo, “¿Qué le pasó a tu falda?”

Me senté y le expliqué todo el asunto, empezando por los sobacos. Él escuchó atentamente hasta que finalicé.

“¿Pudiste, entonces, lavarte los sobacos al final?”

“No”

“¿Están olorosos?”

“Parece”

“Puedo olerlos y decirte”

“No”

“Está bien. Es parte del espectáculo”

“¿En serio?”

“Sí. Mira”

Se aproximó y puso su nariz contra mi polera.

“Están olorosos”

“Oh. Bueno, intenté lavarlos”

Roy se estaba parando, subiéndose sobre mí para pasar al pasillo y hurgueteando en el compartimiento de arriba. Se sentó de vuelta en su asiento de manera dramática, sosteniendo una botella con un dispensador.

“Es Febreze

“Oh, he escuchado sobre esto”

“Se seca en segundos, llevándose el olor consigo. Sube tus brazos”

Subí mis brazos y con una gran astucia me puso tres dosis de espray debajo de cada manga.

“Es mejor si mantienes tus brazos así hasta que se seque”

Los mantuve. Un brazo extendido hacia el pasillo y el otro brazo cruzando su pecho, mi mano tocando la ventana. Repentinamente se hizo obvio lo alta que era. Sólo una mujer así de alta podía tener esta envergadura. Él miró fijamente mi brazo que cruzaba su pecho por un momento, luego gruñó un poco y lo mordió. Luego rió. Yo reí también, pero no sabía que era esto, esto de morder mi brazo.

“¿Qué fue eso?”

“¡Eso significa que me gustas!”

“Ok”

“¿Quieres morderme?”

“No”

“¿No te agrado?”

“No, sí me agradas”

“¿Es porque soy famoso?”

“No”

“Sólo porque soy famoso no significa que no necesite lo que todos necesitan. Mira, muérdeme en cualquier parte. Muerde mi hombro”

Se sacó la chaqueta, desabotonó los cuatro primeros botones de su camisa y mostró un largo y bronceado hombro. Me acerqué y, algo rápido, lo mordí ligeramente, y luego agarré mi SkyMall de nuevo y comencé a leer. Después de un minuto se abotonó y lentamente agarró su copia de SkyMall. Leímos por media hora.

Durante este rato precavidamente no reflexioné acerca de mi vida. Mi vida estaba lejos de nosotros, en un departamento naranjo-rosado. Ahora parecía que nunca tendría que volver. La sal de su hombro zumbaba en la punta de mi lengua. Tal vez nunca me pueda parar en medio del living y preguntar qué hacer a continuación. A veces me paraba por dos horas, sin poder generar suficiente velocidad para comer, para salir, para limpiar, para dormir. Parecía improbable que alguien recién mordido y que había mordido a una celebridad tuviese este tipo de problema.
Leí acerca de vacunas diseñadas para succionar insectos del aire. Aprendí sobre toallas con auto calefacción y piedras falsas para esconder las llaves de la casa. Estábamos comenzando a aterrizar. Ajustamos los asientos y las mesitas. Repentinamente Roy Spivey se dio vuelta y dijo,

“Oye”.

“Oye”, dije.

“Oye, lo pasé bien contigo”

“Yo también”.

“Voy a escribir un número y quiero que lo protejas con tu vida”

“Ok”

“Si este número telefónico cae en malas manos tendré que conseguir alguien que cambie la línea. Y eso es un gran dolor de cabeza”

“Ok”

Escribió el número en una página del catálogo de SkyMall y sacó la hoja y la puso en mi palma.

“Es la línea personal de la nana de mi hijo. Las únicas personas que pueden ocupar esta línea son su novio y su hijo. Ella siempre responde. Así, siempre te podrás contactar. Y ella sabrá dónde estoy”.

Miré el número.

“Le falta un dígito”

“Lo sé, quiero que te memorices el último número, ¿ok?”

“Ok”

“Es cuatro”

Apuntamos nuestras caras a la parte delantera del avión y Roy Spivey gentilmente tomó mi mano. Yo todavía sostenía el papel con el número, así que él lo sostenía también. La situación era agradable y simple. Nada malo me podría pasar mientras estuviera sosteniendo manos con él, y cuando me hubiese dejado yo tendría el número que termina en cuatro. He querido un número así toda mi vida. El avión aterrizó lentamente, como una línea trazada fácilmente. Roy me ayudó a llevar mi bolso de mano desde el compartimiento; la escena se vio obscenamente familiar.

“Mi gente me va a estar esperando afuera, entonces no podré decir adiós debidamente”

“Lo sé. Está bien”

“No, no lo es. Es una burla”

“Pero lo entiendo”

“Ok, esto es lo que haré. Justo antes de que me vaya del aeropuerto voy a acercarme a ti y diré,

‘¿Trabaja acá?’”

“Está bien. Realmente lo entiendo”

“No, esto es importante para mí. Diré, ‘¿Trabaja acá?’ Y entonces tú dices tu parte”

“¿Cuál es mi parte?”

“Dices, ‘No’”

“Ok”

“Y yo sabré que te refieres. Nosotros dos vamos a saber el significado secreto”

“Ok”

Nos miramos los ojos de una manera que decía que nada importaba tanto como nosotros. Me pregunté si mataría mis padres para salvar su vida, una pregunta que me he hecho desde los quince. La respuesta siempre solía ser sí. Pero a través del tiempo todos esos chicos se habían desvanecido y mis padres aún estaban acá. Estaba menos y menos dispuesta a matarlos por cualquiera; de hecho, me preocupé por su salud. En este caso, de todas maneras, tenía que decir sí. Sí, lo haría.

Caminamos por el túnel entre el avión y la vida real, y entonces, sin mucha vista por donde iba dirigiéndome, desapareció.

Intenté no buscarlo en la parte donde se recoge el equipaje. Él me encontraría si así lo quisiera. Fui al baño. Saqué mi bolso. Bebí de la fuente de agua. Vi niños pegarse entre ellos. Finalmente, dejé mis ojos arrastrarse sobre todos. Estaban todos los que no eran él, cada uno de ellos. Pero todos ellos sabían su nombre. Aquellos que eran talentosos en el dibujo podrían haberlo bocetado de memoria, y todos ciertamente podrían haberlo descrito, si ellos hubiesen tenido que decir a una persona ciega, el ciego sería el único que no sabría cómo era. E incluso el ciego sabría el nombre de su señora, y unos pocos hubiesen sabido el nombre de la tienda donde su señora compró camisetas de lavanda y unos shorts que jugaran con esas camisetas. Roy Spivey estaba tanto en ninguna parte como en todas partes. Alguien me golpeó en mi hombro.

“Perdone, ¿trabaja acá?”

El resto del relato --además de una breve intro-- en este link.

lunes, septiembre 21, 2009

Cita



"Señor, ¿cuándo se terminará este invierno?"

Ann Beattie, Chilly Scenes of Winter (vía DZ).

domingo, septiembre 20, 2009

Portadas

Desde hace un tiempo que tengo el ojo puesto en las portadas de la editorial Penguin. Lo que han hecho al editar clásicos y neo-clásicos con portadas más atrayentes o pop (o cómo quiera uno llamarle), me parece interesante. Además de ser otro signo visible de que el mundo de la novela gráfica y la literatura flirtean hace rato.

Algunos ejemplos:

Los vagabundos del Dharma



La metamorfósis y otros relatos



Las aventuras de Huckleberry Finn




Ahora, me entero, Ruido de fondo de Don DeLillo entrará en la colección de Penguin Classics Deluxe Edition. El agreado, claro, es la portada, obra de Michael Cho y con diseño de Paul Buckely.



Ya me gustaría ver libros como Hijo de ladrón, Patas de perro, El río (sólo por nombrar tres libros con un potencial estético) con portadas un poco más atrayentes y jugadas.

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