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miércoles, octubre 28, 2009

Muerto de aburrimiento



No sé si tendrá que ver, en algo, el efecto Californication en todo esto. Ni idea, pero la última serie "del momento" tiene algo similar: en Bored to death, conocemos a Jonathan Ames, un escritor el cual, en su tiempo libre, resuelve casos policiales o, más bien, detectivescos. Ames hace rato que lleva escribiendo una novela, pero más que nada colabora en revistas neoyorquinas literarias arty. Ames en verdad existe; él creó Bored to death y es un escritor medianamente conocido que, de seguro, con esta serie lo veremos/leeremos más seguido.

Un revoltijo variado hay en Bored to death: la mención a Raymond Chandler, quien alguna vez se perdió en las bibliotecas empolvadas pero que revive con más fuerzas por estos días (recordar ese gran homenaje chandleriano que es El sindicato de policía yiddish); hay ecos de Wes Anderson y su humor (claro que ayuda Jason Schwartzman quien parece no haber cambiado el look desde Viaje a Dajeerling); y hasta algo de The Hangover, ya que Zach Galifianakis actúa en un papel que es igual al de aquella cinta.

Hasta el momento he visto sólo tres capítulos. Y va bien. Un poco liviana a ratos. Pero claro: Bored to death no aburre. No hasta la muerte, claramente.

lunes, octubre 26, 2009

La versión original de lo que salió ayer en El Mercurio.

Entrevista/ A través del universo


Rodrigo Fresán: “Esta es una historia de amor con traje de astronauta”


Luego del éxito de Jardines de Kensington, el escritor argentino vuelve con un nuevo libro bajo el brazo: en El fondo del cielo hay destellos de literatura fantástica, guiños al fundador de la cienciología y los mismos referentes literarios que vienen acompañándolo desde su recientemente reeditado debut cuentístico Historia argentina. Una novela con la que Fresán se pone la escafandra espacial, asciende a alturas planetarias y nos narra que, incluso en lo recóndito del universo, hay historias de amor flotando.



Antonio Díaz Oliva

Rodrigo Fresán no recuerda exactamente en qué año fue ni dónde. Dice, también, que puede haber sido tanto en Barcelona como en Nueva York. “Lo mío no son, nunca fueron, jamás serán, las fechas”, comenta desde la capital catalana donde lleva ya diez años asentado. Lo que sí recuerda Fresán es que fue en una de esas ocasiones cuando le escuchó a Jonathan Lethem una anécdota en torno a L. Ron Hubberd: el momento en que ese tal Hubberd, un escritor de ciencia ficción de dudosa calidad, era menospreciado por sus colegas y, a modo de venganza, amenazaba con fundar una religión y erigirse como una suerte de Dios moderno. Ese momento, que con los años se ha mitificado, se le considera uno de los puntos de partida para la creación de la cienciología (sí: la misma hoy conocida como la religión de los famosos).

Y ese momento, asimismo, es uno de los tantos que aparece en El fondo del cielo, la nueva novela de Fresán después de Jardines de Kensington (2003) y la cual llegará a la Feria Internacional del Libro de Santiago 2009, precisamente en el año en que Argentina es el país invitado (ver recuadro). Una historia en que conocemos a Isaac Goldman y Ezra Leventhal; primos y fanáticos de la ciencia ficción quienes deciden armar su propio club y los cuales quedan marcados por una chica que se hace presente una única y mágica vez en sus vidas. La historia, asimismo, en que sabemos de Jeff, amigo de los pequeños Issac y Ezra, quien humillado en cierta ocasión, se le ocurre la idea de fundar un movimiento religioso. Así, en pocas líneas, se podría resumir uno de los trazos argumentales de El fondo del cielo. Eso más las ya típicas digresiones de Fresán que nos llevan desde la caída de las torres gemelas, la guerra de Irak, apariciones encubiertas de Philip K. Dick y Kurt Vonnegut, así como otros destellos de ciencia ficción. Aunque —y como el mismo escritor argentino advierte— El fondo del cielo no es una novela “de” ciencia ficción, sino una “con” ciencia ficción.

— ¿Y qué diferencia a ambas categorías?

—La diferencia pasa por el trabajo que a mí me interesa hacer con los géneros. Es decir: no me interesa que el género marche delante de todo, sino que funcione más como una atmósfera o un perfume. De igual modo que Esperanto no es la típica novela con rocker o Mantra la típica novela de viaje o Jardines de Kensington la típica novela histórica-biográfica, El fondo del cielo no es la típica novela de ciencia-ficción. De hecho, es una novela de ciencia-ficción más preocupada por el pasado que por el futuro. Es una novela de ciencia-ficción mucho más cerca de Proust y de Banville que de anticipadores compulsivos como Clarke o Asimov.

— Asimismo, el tono de la novela es bastante melancólico, como describiendo un futuro que ya pasó. Es como esa frase de Ricardo Piglia en La ciudad ausente: "vemos el futuro como si fuera el recuerdo de una casa de la infancia"…

— Sí. No me interesa la ciencia-ficción tecnológica y mucho menos la anticipatoria. Puesto a buscarle un antecedente más o menos directo —y de esto recién me di cuenta revisando las últimas páginas y de ahí que insertara un par de delatoras frases homenaje para ser detectadas por expertos connoiseurs—uno de los héroes no del todo secretos de El fondo del cielo es Adolfo Bioy Casares y La invención de Morel (otra historia de amor con reflejos sci-fi y mujer ausente) y El sueño de los héroes (y ese intento de recuperar un momento perdido en el tiempo). Enorme escritor que, desde siempre, pero sobre todo en los últimos tiempos, es duramente criticado y considerado una especie de idiota savant burgués por buena parte de la intelligentzia de mi país. Otro de esos grandes —pero tan pequeños— misterios argentinos, supongo.



“la desesperada necesidad del ser humano por creer en algo
o en alguien"




— En un momento Isaac Goldman comenta la falta amor en la ciencia ficción. ¿Fue esta primero una historia de amor a la cual se le agregaron elementos de literatura fantástica?, ¿o al revés?

— La primera idea era escribir una novela de amor de alcances cósmicos Así que enseguida se anexó el desafío de invocar cierto espíritu Si-Fi. Fue un movimiento casi automático y simultáneo. Poner en práctica la teoría de que, finalmente, no hay nada más extraterrestre que la invasión del amor y que, cuando uno está enamorado, también está perdido en el espacio. Para decirlo de otra manera: esta una historia de amor con traje de astronauta.

—De hecho: en varias partes de la novela el amor funciona como una suerte de parche para los personajes.


—En El fondo del cielo el amor es más que un parche: es el punto de fuga hacia el reencuentro final y la versión definitiva de todas las cosas. Si algo me gusta de la novela es que es muy sentimental sin caer en lo cursi. Y que el amor funciona como última puerta de emergencia y posibilidad postrera de final feliz para personajes tan infelices. Y, de acuerdo, Ezra e Isaac aman a una mujer, se aman entre ellos y aman a un género. Pero, finalmente, lo que aquí se impone es ese GRAN AMOR que los trasciende a ellos y que –como escribió Dante— "mueve al sol y a las estrellas".


— ¿Y qué descubriste sobre Ron L. Hubbard al ahondar en su biografía y bibliografía?


— A diferencia de lo que hice con James Matthew Barrie, el creador de Peter Pan, en Jardines de Kensington (donde los aspectos biográficos imponían un rigor y la investigación de detalles a fondo), en El fondo del cielo las partes en plan true-story no lo son tanto. La realidad —o nuestra dimensión, si se lo prefiere— funciona en la novela como una especie de ligero telón de fondo o velo casi transparente. Así, la persona de Ron L. Hubbard —que en parte inspira a la persona de Jeff— es apenas un apunte, un punto de partida, un guiño o señal intermitente por la cual comenzar orientándose para, enseguida, ir a cualquier otra parte. Y lo que descubrí en su biografía es lo mismo que uno descubre leyendo la Biblia o Las mil y una noches o Mein Kampf: la desesperada necesidad del ser humano por creer en algo o en alguien y sentirse parte de algo.



“Nos vamos transformando en nuestros propios
extraterrestres




— ¿Por qué la elección de Nueva York como escenario? Si bien en Jardines de Kensington la ciudad no podía no ser otra que Londres y en Mantra tenías el pie forzado de México, en El fondo del cielo había cierta libertad a la hora de escoger la ciudad.

— No lo creo. El ambiente judeo-sci-fi que se evoca en la primera parte del libro sólo se dio en New York. Igualmente lo del 11 de septiembre del 2001. Y, sí, siempre es un placer viajar a New York. En cualquier caso, más allá del lugar o de los lugares de la Tierra donde transcurre, me parece que El fondo del cielo es un libro bastante extraterrestre. Un libro que cayó a la tierra o que transmite desde una órbita difícil de precisar. En ese sentido, también, me considero un escritor cada vez más solitario en lo mío y tan feliz de que así sea.

— ¿Y qué efecto tuvo la muerte de J. G Ballard y Kurt Vonnegut en el proceso de creación de esta novela? Ambos escritores, con sus matices, encajan dentro de esa etiqueta de escribir “con” ciencia ficción...

— Y el suicidio de David Foster Wallace entre uno y otro. Y, sí, siempre fueron dos —tres—modelos muy presentes. El modo en que piensan el futuro y los muchos otros planetas desde un presente aquí mismo. La idea de que, al final, no hay nada más alien que los mismos seres humanos. Y que, de un tiempo a esta parte, desilusionados por lo poco conseguido en la carrera espacial y las evidentes pocas ganas de manifestarse abiertamente de vida más inteligente que la nuestra, nos vamos transformando en nuestros propios extraterrestres.

— ¿Cómo es eso?

— Que, hoy por hoy, viajamos al espacio interior del ADN como alguna vez viajamos al espacio exterior de la Vía Láctea. No sé si es un buen cambio porque, pienso, que sentido tendrá vivir más tiempo si, por el camino, nos la pasamos restándole años de vida a nuestro planeta. De seguir así la cosa, nos convertiremos en inmortales sin Olimpo, en Dioses sin paraíso, en viajeros sin destino.



“Todo este tiempo he estado flotando”



Historia argentina cumple 18 años. ¿Cómo lo ves en comparación de tus otros dos libros, digamos, iniciáticos como Vida de santos y Trabajos manuales?

— Los veo con afecto y agradecimiento. Historia argentina —está claro— es mi Big Bang y fue un parto/debut más que feliz. Vidas de santos fue un libro que, en su momento, luego de Historia argentina, desconcertó bastante a muchos y hasta me desconcertó bastante a mí; pero con el correr de los años y de los títulos me parece que va envejeciendo bien y hasta mejorando a partir de los reflejos que proyecta sobre cosas que escribí después. Es el libro favorito de mis lectores más freaks, creo.

— ¿Y Trabajos manuales?

Trabajos manuales va en camino de convertirse en mi “eslabón perdido” y, pienso, está bien que así sea.

— En la solapa de este libro se menciona que estás trabajando en un próximo libro: La parte inventada ¿Se puede saber cuánto llevas inventado?

— Muchas anotaciones y unas cuantas páginas y, no, no se puede saber nada aún. Estoy en ese momento en que soy más lector que escritor de mi propio libro. Momento –de duración imposible de calcular— en el que soy una especie de antena sintonizando señales y decodificándolas en la pantalla de mi computadora y en las páginas de mi libreta de notas. Es un momento muy divertido pero, también, un momento muy privado.

— Habiendo aterrizado, y luego de seis años sin publicar nada nuevo, la pregunta de rigor: ¿cómo se siente ponerse el traje espacial de la ficción una vez más?

— En realidad fueron seis años de no publicar pero de un constante escribir. De hecho, antes de comenzar con El fondo del cielo ya tenía otra novela terminada que seguirá inédita por un tiempo, creo. Por lo pronto, estoy seguro de que no será mi próximo libro. Así que el traje no me lo quité nunca. Todo este tiempo he estado flotando.

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