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sábado, septiembre 25, 2010

Death stars

De un centro cultural me pidieron que recomendara algún libro chileno.

Y esto salió:



Estrellas universitarias


Una recomendación: antes de leer Estrellas muertas, la última novela de Álvaro Bisama, revisar ese libro cuasi oculto y extraño que es Zona cero (2003). Ahí, en una de las tantas crónicas, Bisama cuenta cuando organizó la visita de José Donoso a la Universidad de Playa Ancha (UPLA), donde él estudiaba pedagogía en Castellano. La narración -a parte de transitar por los mismos ambientes que desarrolla en Estrellas muertas- se sustenta por una divertida anécdota: muchos de los alumnos pensaban que el que iba a visitar no era el autor de El obsceno pájaro de la noche, sino Don Oso, uno de los personajes de Cachureos. Estrellas muertas -en parte- habla o trata sobre esos tiempos. Sobre la época universitaria de Bisama. Sobre los 90 no como los años en que llegó la democracia, sino como los años de reciclaje de la dictadura y de las utopías de izquierda. Además: no es menor que uno de los personajes de esta novela sea un tal Donoso.

El link original.

martes, septiembre 21, 2010

Literatura estadounidense:
a dos
bandos





















Y ya lo sabemos: aún no hemos leído Freedom pero es una novela que ha dado, da y dará mucho que hablar de acá en adelante. Y una de esas tantas cosas, es el siguiente ¿ensayo? del gran Eduardo Lagos sobre las dos vertientes que -codo a codo, cabeza a cabeza- se dan en la literatura estadounidense. Eso. A leerlo.

La cuestión del realismo

Eduardo Lago


Una turbia madrugada de 2006, David Foster Wallace decidió quitarse la vida. El suicido de su amigo le hizo sentir a Franzen que tenía que seguir jugando un partido de tenis completamente solo, con los dos lados de la pista para él. Y lo hizo. Con Freedom rizó un rizo imposible de rizar. El primer asalto del combate lo llevó a cabo con la publicación de Las correcciones en 2001. Aún vivía Wallace. Las correcciones es una novela excelente, pero no una obra maestra. Hay muchos escritores que han escrito grandes novelas dentro de la estética realista. Incluso algunos que han escrito obras maestras, como Philip Roth. Algunas de las obras más emblemáticas de Don DeLillo no se alejan demasiado de la órbita del realismo. Underworld es una encarnación de Dickens trasladada al siglo XX. En otras obras es más abiertamente experimental, como en White Noise.

Quien, sin lugar a dudas, ha llegado más lejos en la vía del desafío a las limitaciones del código realista es Thomas Pynchon. Pynchon culmina una trayectoria que incluye a escritores de la talla de William Gaddis, a quien Franzen apodó, admirativamente, como Mr. Difficult, en un espléndido ensayo publicado en The New Yorker. Pero en su homenaje al maestro, Franzen vuelve sobre la idea de que el realismo ha sido indebidamente abandonado. Hay que recuperar lo mucho que tiene de valioso y adaptarlo a nuestro tiempo. Para ello se tiene que alejar también de Pynchon y sus compañeros de viaje, David Foster Wallace entre ellos.


Pynchon y Gaddis son para mí las puntas de lanza de un grupo de escritores que, pese a la heterogeneidad de sus creaciones, cultivan una forma de narrar que cabría integrar en algo que he dado en llamar "escuela de la dificultad". Hace algo más de un año hablé de este singular grupo en una conferencia a la que puse por título El arco iris de la dificultad, en homenaje a la obra maestra de Thomas Pynchon, El arco iris de la gravedad (1973). Considero que el trabajo realizado por la numerosa estirpe de narradores norteamericanos que constituyen esta escuela, abiertamente anticomercial y deliberadamente difícil, es el más importante de nuestro tiempo. Sus autores son primos hermanos (mejor sería decir sobrinos-nietos, o biznietos), del gran Maestro de la Cofradía de la Dificultad, el insuperado autor de Finnegans Wake. Se trata de una escuela cuyo programa constituye un ataque frontal a las premisas del realismo. En un cuento resultante de la conferencia, que titulé Speak Easy, unos gángsters torturan a un autor acusándole de escribir novelas realistas, detalle que saco a colación a fin de subrayar que personalmente no comulgo con el código estético del realismo.


Empleando una expresión de la que se solía servir Bolaño, las fronteras que delimitan la realidad son porosas. Lo mismo cabe decir de las maneras de representarla. ¿Dónde ubicar a un autor tan radicalmente novedoso como Cormac McCarthy? Autor de obras maestras absolutas, como Meridiano de sangre o Suttree (su mejor novela), en lo que escribe no hay ninguna violación del código realista.


Sí lo hay, y a patadas, en lo que hace Pynchon. Echen un vistazo a su obra más reciente, la voluminosa A contraluz (Tusquets). Magistral manera de rematar una trayectoria implacable. Con Pynchon entramos en el ojo del huracán de la literatura norteamericana actual. A su nombre hay muchos que añadir. El volcán en erupción incluye (sin ánimo de ser exhaustivo y a riesgo de olvidar a alguien de calibre) a gente tan innovadora como William Vollmann, Gilbert Sorrentino, Robert Coover, William Gass, John Barth, Stanley Elkin, Donald Barthelme, John Hawkes, Denis Johnson, David Markson, Robert Stone, Richard Powers, Barry Hannah, y Joseph McElroy (nada que ver con James).


Todos ellos son autores arriesgados y experimentales (algunos en grado extremo) y como tales, los que más me interesan, punto que aclaro a propósito de mi encuentro con el último libro de Franzen.


El texto llegó a mí en medio de un período de intensa lectura. En cuestión de diez días leí, además de Mis rincones oscuros, Doctor Pasavento y Freedom. El contraste entre Ellroy y Vila-Matas no puede ser más violento. Salvando las distancias, pertinentes, la actitud de Vila-Matas hacia el realismo no estaría demasiado alejada de la que sostiene Piglia, a quien aludo reiteradamente tan sólo porque González Rodríguez cifra en él una actitud crítica hacia el realismo y sus servidumbres. De manera a todas luces distinta, Piglia y Vila-Matas coinciden en su cuestionamiento del caduco modelo realista.


Tras la lectura consecutiva de Vila-Matas y Ellroy, cayó en mis manos, por encargo, la de Freedom. Me sumergí plenamente en el texto. Cuando cerré el libro no me quedó más remedio que quitarme el sombrero ante la proeza del americano. Afirmar que Jonathan Franzen se ha ganado el derecho a figurar en un club del que forman parte autores de la talla de Melville o Scott Fitzgerald es una manera de decir que Freedom, y el veredicto no es mío, sino de la crítica especializada de su país, es acreedora al título de Gran Novela Americana, categoría rara vez otorgada en Estados Unidos. Sergio González explica perfectamente este matiz en su blog. En mi artículo no sostengo que Franzen esté a la altura de Hawthorne, pongamos por caso, aunque si escribiera un par de obras que superaran el logro que supone Freedom al lector no le quedará más remedio que arrodillarse, como decía Bolaño que había que hacer con Egar Allan Poe. Pero no teman. De momento, Franzen no ha llegado a una altura semejante, y está por ver que alguna vez lo haga. Lo que sí ha logrado es un efecto que cabe tildar de tolstoiano, o dickensiano, o galdosiano, al haber sido capaz de provocar en el lector una respuesta emotiva de gran calado gracias a la profundidad del retrato que hace de sus personajes y del entorno social en que se mueven. En Freedom se traslada a la página una representación de la realidad contemporánea semejante a la que lleva a cabo cualquiera de los campeones del realismo tradicional, Dickens, por ejemplo. El nivel de complejidad de la operación no es menor.


El resto del artículo se puede leer acá.


Bonus...


...de la entrevista a John Irving. Acá el autor de El mundo según Garp habla sobre su relación con Murakami. Todo eso a partir de la lectura que meses atrás hice de De qué hablo cuando hablo de correr, donde Murakami habla de la ocasión en que corrieron juntos.


I read that once you did footing with the Japanese writer Haruki Murakami in New York? How was that? Are you friends with Murakami?

I don't know how serious Murakami was about running when I ran with him -- on Long Island, in Southampton, many years ago. I have had surgeries on both knees (wrestling injuries); I don't run anymore. I like Murakami as a writer very much, and he was my Japanese translator for Setting Free the Bears -- my first novel.




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