
Ver American Horror Story, la última serie de Ryan Murphy, el creador de Nip Tuck, es como entrar a un museo de cera. Los personajes son perfectamente horribles y la casa donde todo sucede (una mansión embrujada en Los Ángeles en la que hubo un asesinato y, por lo tanto, quedó con una maldición) está sospechosamente pulcra y ordenada. En otras palabras, más que sentir miedo, uno queda embobado por la estética. Pese a aquello, los primeros minutos de American Horror Story no están nada de mal: dos hermanos gemelos con bates que entran a la mansión para destruirla y el consecuente asesinato de uno de éstos. Así, esa escena que le debe mucho, tal vez demasiado, a El resplandor de Kubrick, es un breve preámbulo para presentarnos a los Harmon, un matrimonio que se muda para dejar ciertos secretos en el pasado (Ben Harmon se acostó con una alumna y quiere empezar su vida de nuevo y blablá) y para que su hija emo-gótica (Violet) abandone sus tendencias suicidas. A todo eso hay que sumarle los extraños vecinos que rodean a la mansión, entre los cuales está Jessica Lange interpretando a una madre bastante tétrica. American Horror Story funciona, pero es algo torpe. Y, más que asustar al televidente con los vecinos freaks, debería profundizar en la relación del enfermizo matrimonio Harmon.
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