Somos extraños en nuestro mundo
Lo que sigue es la presentación que hice, en julio del 2011, cuando la escritora boliviana Liliana Colanzi -autora del volumen de relatos "Vacaciones permanentes"- vino a Chile.
No sé por qué, pero todo el momento en que me pasé leyendo Vacaciones permanentes, el libro de relatos de Liliana Colanzi editado el 2010, hubo una canción que no pude quitarme de la cabeza. “Alright” de Supergrass, ese pegajoso tema que tantas veces escuché en los noventa, que un par de veces he visto en comerciales en la televisión y que un millón de veces —y esto lo he presenciado— ha sonado en fiestas y ha hecho que la gente salte a la pista de baile.
Y no fue hasta que terminé de leer Vacaciones permanentes, hasta que di vuelta la última página del último relato, cuando fui a mi computador, busqué la canción de Supergrass y ahí estaba. Ahí estaba la clave: “We are strange in our world”. En español: “Somos extraños en nuestro mundo”. Eso dice en un momento la canción y se puede ajustar perfectamente al tono y ambiente de los cuentos de Liliana.
Pero antes de seguir, debería despejar algunas dudas. Debería aclarar quién es Liliana. Los datos: Liliana Colanzi nació en 1981 en Santa Cruz, Bolivia. Se graduó en Comunicación allá y luego hizo un máster de estudios latinoamericanos en Inglaterra. Entre otras cosas, co-editó Conductas erráticas una antología de no ficción junto a Maximiliano Barrientos, otro escritor boliviano de su misma generación. Y, como a todos, creo, a Liliana le gusta estar de vacaciones. Ayer, por ejemplo, la vi muy en plan de eso: de vacaciones. Estábamos almorzando en un restorán de Providencia hasta que a las tres de la tarde, yo tuve que retirarme para volver al trabajo. Así, en una mesa en donde Alejandro Zambra se desesperaba por un cigarro, Álvaro Bisama comentaba sobre alguna banda de neo-cumbia-punk-sci-fi, Pato Jara aún rememoraba el triunfo de la Universidad de Chile y Mike Wilson empezaba a ser víctima de uno de sus típicos ataques de sueño, Liliana miraba como una niña en vacaciones todo lo que sucedía a su alrededor. En ese mismo almuerzo, además, hablamos sobre lo que está haciendo actualmente: sus estudios de doctorado en la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, en un programa de Literatura Comparada. Hablamos de la vez en que entrevistó a Wendy Sulca en Perú (y que pueden leer actualmente en la página de The Clinic). De la nieve y de los largos inviernos en Ithaca. Y de la próxima edición argentina de Vacaciones permanentes, lo que, claro, me lleva de vuelta a Supergrass y la frase: “somos extraños en nuestro mundo”.
Porque hay algo de eso, de ser extraños en nuestro mundo, en los relatos de Vacaciones permanentes. “Ese año sucedieron muchas cosas”. Así empieza “1997”, un cuento en que se narra la llegada de los McDonald´s y otros artefactos de la modernidad a Santa Cruz. Repentinamente, los sectores que antes eran familiares para Analía, la protagonista de esa historia y otras, se vuelven ajenos. Familia, amigos, novios, la ciudad. Todo eso se convierte en algo extraño. Analía, al parecer, atraviesa por uno de esos espirales brotan en la adolescencia. Por eso las vacaciones permanentes. Las vacaciones, al fin y al cabo, como otra forma de no seguir creciendo. De no seguir adoleciendo. De escapar de esos mundos que antes eran normales y, en un momento, se vuelven extraños, como dice la canción de Supergrass. Ese es el llamado que —a ratos— hacen los personajes de Liliana en sus relatos. “No fue ese año, sino el anterior, cuando comencé a detener autos en la calles y a pedir que me acercaran al centro. No sé por qué lo hice, tal vez lo vi en la tele”, dice Analía en otro pasaje de “1997”. Más tarde, en el relato que justamente se llama “Vacaciones permanentes”, se lee: “Analía dijo que lo hacían porque no soportaba el ambiente en ninguna de sus casas”, cuando la protagonista decide escaparse a La Paz con un amigo. Y una cita más. Esta vez de “Bunbury Road”, relato en que seguimos a Analía, pero esta vez en Inglaterra. “Ella, sin embargo, es tornadiza. El verano pasado Paul la descubrió llorando en varias ocasiones. No sabía qué hacer en esas circunstancias: cocinaba para ella, le daba masajes en la espalda, un poco incómodo de tener que presenciar esas demostraciones. Un día, Analía se lo dijo. Estoy cansada, confesó. Todo me aburre”.
Espero que luego de esas frases, quede claro más o menos con qué se encuentra uno al leer el libro de Liliana. Tarea ardua porque sabemos que generalmente los cuentos tratan sobre un tema, pero a la vez es imposible no tocar otros. Lo principal, eso sí, está en esos personajes que pasan de la euforia adolescente hasta el desencanto, de las ganas de partir, hasta la tentación de quedarse. O como lo pone Rodrigo Fresán, quien escribe en la contratapa de Vacaciones permanentes: “Y es que las idas y vueltas y las alzas y bajas de la juventud siempre serán cuentos que hay que vivir bien para contarlos aún mejor”.
De esa forma, una advertencia final: al parecer, una de las maneras de escapar de la adolescencia -creo- es tomarse vacaciones permanentes. Otra forma de eso, de escapar de la juventud, de los mundos que se tornan extraños, es ponerse a escribir relatos. Y aquello, claro, es algo que Liliana ha hecho muy bien.
Y no fue hasta que terminé de leer Vacaciones permanentes, hasta que di vuelta la última página del último relato, cuando fui a mi computador, busqué la canción de Supergrass y ahí estaba. Ahí estaba la clave: “We are strange in our world”. En español: “Somos extraños en nuestro mundo”. Eso dice en un momento la canción y se puede ajustar perfectamente al tono y ambiente de los cuentos de Liliana.
Pero antes de seguir, debería despejar algunas dudas. Debería aclarar quién es Liliana. Los datos: Liliana Colanzi nació en 1981 en Santa Cruz, Bolivia. Se graduó en Comunicación allá y luego hizo un máster de estudios latinoamericanos en Inglaterra. Entre otras cosas, co-editó Conductas erráticas una antología de no ficción junto a Maximiliano Barrientos, otro escritor boliviano de su misma generación. Y, como a todos, creo, a Liliana le gusta estar de vacaciones. Ayer, por ejemplo, la vi muy en plan de eso: de vacaciones. Estábamos almorzando en un restorán de Providencia hasta que a las tres de la tarde, yo tuve que retirarme para volver al trabajo. Así, en una mesa en donde Alejandro Zambra se desesperaba por un cigarro, Álvaro Bisama comentaba sobre alguna banda de neo-cumbia-punk-sci-fi, Pato Jara aún rememoraba el triunfo de la Universidad de Chile y Mike Wilson empezaba a ser víctima de uno de sus típicos ataques de sueño, Liliana miraba como una niña en vacaciones todo lo que sucedía a su alrededor. En ese mismo almuerzo, además, hablamos sobre lo que está haciendo actualmente: sus estudios de doctorado en la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, en un programa de Literatura Comparada. Hablamos de la vez en que entrevistó a Wendy Sulca en Perú (y que pueden leer actualmente en la página de The Clinic). De la nieve y de los largos inviernos en Ithaca. Y de la próxima edición argentina de Vacaciones permanentes, lo que, claro, me lleva de vuelta a Supergrass y la frase: “somos extraños en nuestro mundo”.
Porque hay algo de eso, de ser extraños en nuestro mundo, en los relatos de Vacaciones permanentes. “Ese año sucedieron muchas cosas”. Así empieza “1997”, un cuento en que se narra la llegada de los McDonald´s y otros artefactos de la modernidad a Santa Cruz. Repentinamente, los sectores que antes eran familiares para Analía, la protagonista de esa historia y otras, se vuelven ajenos. Familia, amigos, novios, la ciudad. Todo eso se convierte en algo extraño. Analía, al parecer, atraviesa por uno de esos espirales brotan en la adolescencia. Por eso las vacaciones permanentes. Las vacaciones, al fin y al cabo, como otra forma de no seguir creciendo. De no seguir adoleciendo. De escapar de esos mundos que antes eran normales y, en un momento, se vuelven extraños, como dice la canción de Supergrass. Ese es el llamado que —a ratos— hacen los personajes de Liliana en sus relatos. “No fue ese año, sino el anterior, cuando comencé a detener autos en la calles y a pedir que me acercaran al centro. No sé por qué lo hice, tal vez lo vi en la tele”, dice Analía en otro pasaje de “1997”. Más tarde, en el relato que justamente se llama “Vacaciones permanentes”, se lee: “Analía dijo que lo hacían porque no soportaba el ambiente en ninguna de sus casas”, cuando la protagonista decide escaparse a La Paz con un amigo. Y una cita más. Esta vez de “Bunbury Road”, relato en que seguimos a Analía, pero esta vez en Inglaterra. “Ella, sin embargo, es tornadiza. El verano pasado Paul la descubrió llorando en varias ocasiones. No sabía qué hacer en esas circunstancias: cocinaba para ella, le daba masajes en la espalda, un poco incómodo de tener que presenciar esas demostraciones. Un día, Analía se lo dijo. Estoy cansada, confesó. Todo me aburre”.
Espero que luego de esas frases, quede claro más o menos con qué se encuentra uno al leer el libro de Liliana. Tarea ardua porque sabemos que generalmente los cuentos tratan sobre un tema, pero a la vez es imposible no tocar otros. Lo principal, eso sí, está en esos personajes que pasan de la euforia adolescente hasta el desencanto, de las ganas de partir, hasta la tentación de quedarse. O como lo pone Rodrigo Fresán, quien escribe en la contratapa de Vacaciones permanentes: “Y es que las idas y vueltas y las alzas y bajas de la juventud siempre serán cuentos que hay que vivir bien para contarlos aún mejor”.
De esa forma, una advertencia final: al parecer, una de las maneras de escapar de la adolescencia -creo- es tomarse vacaciones permanentes. Otra forma de eso, de escapar de la juventud, de los mundos que se tornan extraños, es ponerse a escribir relatos. Y aquello, claro, es algo que Liliana ha hecho muy bien.



Qué hermosura.
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