Foster Wallace pálido
Larga vida a Foster Wallace
El rey pálido, la novela que David Foster Wallace dejó inconclusa, tiene una historia triste tras de sí: la de un escritor que no logró ganarle a la depresión y terminó suicidándose. Su agente literaria, su traductor al español y el editor encargado de aquel libro hablan sobre la obra póstuma, que próximamente llegará a Chile.
Por Antonio Díaz Oliva
En algún momento, al inicio de El rey pálido, un hombre muere en su escritorio. De un día para otro este hombre de 53 años, funcionario de una agencia tributaria, deja caer la cabeza sobre su escritorio y nadie, ninguna de las personas en los cubículos cercanos, lo nota. Pasan cuatro días hasta que la señora del aseo, viendo que había un hombre trabajando con la luz apagada o más bien preguntándose cómo era posible que alguien siguiese trabajando con la luz apagada, se da cuenta que el tipo ha muerto. Y el hombre, digamos, no muere realmente de un ataque al corazón, que es la causa oficial que se le adjudica a su muerte. No. El hombre muere de aburrimiento. Y esa palabra -aburrimiento- es la clave no sólo para entender El rey pálido, la novela póstuma que David Foster Wallace (1962-2008) dejó sin acabar luego de suicidarse, esa novela en la que llevaba más de diez años trabajando y que llega a librerías chilenas próximamente (560 páginas, bajo el sello Mondadori). El aburrimiento, de igual manera, era una de las cosas a las que Foster Wallace más temía en la vida. O más bien una de las cosas contra las que luchaba. Y era, tal vez, el gran tema que buscaba ahondar en la novela que finalmente sería su último proyecto literario.
Y para entender El rey pálido inevitablemente hay que retroceder al día en que Karen Green, la esposa del autor de La broma infinita, entró a su casa y se topó con su esposo muerto. Era el 12 de septiembre del 2008 y, de alguna forma, todo era bastante predecible: David Wallace (así era su nombre de nacimiento) tuvo problemas de depresión tempranamente. Desde su época como estudiante universitario. De ahí que los medicamentos se convirtiesen en un ancla para él y lo ayudaran a equilibrar su vida. Pero como toda depresión de largo aliento, en algún momento David Foster Wallace empezó a sentirse bien. O por lo menos mejor de lo normal. Aunque luego volvía a caer y recaer en esos estados oscilantes; su ánimo iba y venía. En los años previos a su muerte, por ejemplo, había conseguido cierta estabilidad: se había casado con Green, una artista visual, vivían juntos en una casa en California, tenían dos perros y Foster Wallace se llevaba bien con el hijo de Green. Foster Wallace, además, hacía clases de escritura creativa en una universidad y trabajaba arduamente en algo que llamaba "the big thing", su proyecto/novela sobre el mundo de los funcionarios de impuestos. Al parecer, era feliz. En un par de meses todo ese cuadro se rompería. Por una serie de incidentes, Foster Wallace dejaría de lado el Nardil, el antidepresivo que llevaba años tomando. Primero, todo estuvo bien: "Me siento, digamos, 'peculiar', que es la palabra adecuada para describirlo", le escribió animosamente a su amigo y también escritor Jonathan Franzen. Luego, todo fue un bajón.
"Lo bueno de todo esto: he perdido cerca de diez kilos. Lo malo: ni siquiera he pensado acerca de escribir desde septiembre. Y creo que no van a pasar hasta al menos noventa días antes de que me pueda poner a trabajar, aunque mi psiquiatra diga que estoy en una etapa bastante sana", le escribió, esta vez a su agente literaria, cuando empezó a sentir la falta del medicamento. No podía avanzar en su nueva novela y hasta tuvo que descartar la idea de ir a la convención demócrata para escribir una crónica sobre Barack Obama (años antes había escrito una en Rolling Stone sobre la campaña de John McCain). Más tarde, vino su suicidio. No era la primera vez que intentaba matarse, pero sí la definitiva: se ahorcaría en el patio de su casa.
De esa forma, El rey pálido es una novela sin acabar. Foster Wallace la empezó a escribir el 2000, pero la idea le rondaba de antes y empezó a investigar apenas unos meses luego de la publicación de La broma infinita (1996), acaso su obra maestra y la cual fue seleccionada por la revista Time entre los 100 libros más importantes publicados desde 1923 en inglés, al lado de clásicos como Lolita o escritores como Hemingway y Faulkner. Y vale aclarar que estamos frente a una obra sin finalizar, ya que a la hora de leer El rey pálido es algo que no pasa desapercibido. Lo sabemos: el estilo de Foster Wallace es algo irregular; uno nunca sabe cuándo terminarán sus relatos -hasta que estos terminan de repente- y, como buen escritor ¿pos-modernista?, jugaba con las reglas y los límites de la narración (abusaba armoniosamente de las notas al pie de página y muchas veces él mismo se metía como personaje en sus historias). Y eso, asimismo, es algo que Michael Pietsch, quien pasó por lo menos dos años trabajando en la edición de El rey pálido, maneja. Pietsch, que ya había sido el editor de La broma infinita, y por lo tanto conocía lo meticuloso y detallista que era Foster Wallace, tuvo que ensamblar las páginas y trazos y capítulos sueltos. "Había casi tres mil páginas de material. Algunos eran capítulos terminados, otros notas y entradas de diarios donde explicaba qué quería hacer y versiones tempranas de borradores. Leí todo y escogí los capítulos que estaban finalizados y eran coherentes entre sí", recuerda Pietsch. "La novela está bastante lejos de una versión final, varios de los capítulos son piezas tempranas y seguramente David los hubiese resumido y revisado y habría continuado trabajando en ellos, pero ciertamente hay un desarrollo de personajes, locaciones, lugares e ideas. Para mí, El rey pálido contiene algunos de los escritos más poderosos y más profundos que David haya publicado".
"Leer la novela produce una extraña sensación de que el autor estaba atrapado, dando vueltas y más vueltas sobre algo que tal vez ya no daba más", dice Javier Calvo, escritor español y traductor de gran parte de la obra de Foster Wallace al castellano, incluyendo El rey pálido. "Más allá de una valoración literaria, también experimenté cierta sensación de tristeza y de futilidad, ante la idea de una persona joven muerta trágicamente, a quien la literatura no solamente no consiguió salvar, sino que prácticamente se lo llevó a la tumba".
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