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viernes, enero 13, 2012

Foster Wallace pálido

Ya había mencionado la lectura de El rey pálido, la novela póstuma de David Foster Wallace. Ahora salió un artículo que hice al respecto: una suerte de backstage o la historia detrás de ese libro. Tengo harto material (las entrevistas enteras a Michael Pietsch, editor de DFW y quien reunió el material de El rey pálido, y la agente literaria de DFW Bonnie Nadell, además de la entrevista a Javier Calvo). Aún no sé qué haré con ese material. Tal vez lo publique aquí mismo. Por mientras, acá el artículo que salió publicado:

Larga vida a Foster Wallace


El rey pálido, la novela que David Foster Wallace dejó inconclusa, tiene una historia triste tras de sí: la de un escritor que no logró ganarle a la depresión y terminó suicidándose. Su agente literaria, su traductor al español y el editor encargado de aquel libro hablan sobre la obra póstuma, que próximamente llegará a Chile.


Por Antonio Díaz Oliva


En algún momento, al inicio de El rey pálido, un hombre muere en su escritorio. De un día para otro este hombre de 53 años, funcionario de una agencia tributaria, deja caer la cabeza sobre su escritorio y nadie, ninguna de las personas en los cubículos cercanos, lo nota. Pasan cuatro días hasta que la señora del aseo, viendo que había un hombre trabajando con la luz apagada o más bien preguntándose cómo era posible que alguien siguiese trabajando con la luz apagada, se da cuenta que el tipo ha muerto. Y el hombre, digamos, no muere realmente de un ataque al corazón, que es la causa oficial que se le adjudica a su muerte. No. El hombre muere de aburrimiento. Y esa palabra -aburrimiento- es la clave no sólo para entender El rey pálido, la novela póstuma que David Foster Wallace (1962-2008) dejó sin acabar luego de suicidarse, esa novela en la que llevaba más de diez años trabajando y que llega a librerías chilenas próximamente (560 páginas, bajo el sello Mondadori). El aburrimiento, de igual manera, era una de las cosas a las que Foster Wallace más temía en la vida. O más bien una de las cosas contra las que luchaba. Y era, tal vez, el gran tema que buscaba ahondar en la novela que finalmente sería su último proyecto literario.

Y para entender El rey pálido inevitablemente hay que retroceder al día en que Karen Green, la esposa del autor de La broma infinita, entró a su casa y se topó con su esposo muerto. Era el 12 de septiembre del 2008 y, de alguna forma, todo era bastante predecible: David Wallace (así era su nombre de nacimiento) tuvo problemas de depresión tempranamente. Desde su época como estudiante universitario. De ahí que los medicamentos se convirtiesen en un ancla para él y lo ayudaran a equilibrar su vida. Pero como toda depresión de largo aliento, en algún momento David Foster Wallace empezó a sentirse bien. O por lo menos mejor de lo normal. Aunque luego volvía a caer y recaer en esos estados oscilantes; su ánimo iba y venía. En los años previos a su muerte, por ejemplo, había conseguido cierta estabilidad: se había casado con Green, una artista visual, vivían juntos en una casa en California, tenían dos perros y Foster Wallace se llevaba bien con el hijo de Green. Foster Wallace, además, hacía clases de escritura creativa en una universidad y trabajaba arduamente en algo que llamaba "the big thing", su proyecto/novela sobre el mundo de los funcionarios de impuestos. Al parecer, era feliz. En un par de meses todo ese cuadro se rompería. Por una serie de incidentes, Foster Wallace dejaría de lado el Nardil, el antidepresivo que llevaba años tomando. Primero, todo estuvo bien: "Me siento, digamos, 'peculiar', que es la palabra adecuada para describirlo", le escribió animosamente a su amigo y también escritor Jonathan Franzen. Luego, todo fue un bajón.

"Lo bueno de todo esto: he perdido cerca de diez kilos. Lo malo: ni siquiera he pensado acerca de escribir desde septiembre. Y creo que no van a pasar hasta al menos noventa días antes de que me pueda poner a trabajar, aunque mi psiquiatra diga que estoy en una etapa bastante sana", le escribió, esta vez a su agente literaria, cuando empezó a sentir la falta del medicamento. No podía avanzar en su nueva novela y hasta tuvo que descartar la idea de ir a la convención demócrata para escribir una crónica sobre Barack Obama (años antes había escrito una en Rolling Stone sobre la campaña de John McCain). Más tarde, vino su suicidio. No era la primera vez que intentaba matarse, pero sí la definitiva: se ahorcaría en el patio de su casa.

De esa forma, El rey pálido es una novela sin acabar. Foster Wallace la empezó a escribir el 2000, pero la idea le rondaba de antes y empezó a investigar apenas unos meses luego de la publicación de La broma infinita (1996), acaso su obra maestra y la cual fue seleccionada por la revista Time entre los 100 libros más importantes publicados desde 1923 en inglés, al lado de clásicos como Lolita o escritores como Hemingway y Faulkner. Y vale aclarar que estamos frente a una obra sin finalizar, ya que a la hora de leer El rey pálido es algo que no pasa desapercibido. Lo sabemos: el estilo de Foster Wallace es algo irregular; uno nunca sabe cuándo terminarán sus relatos -hasta que estos terminan de repente- y, como buen escritor ¿pos-modernista?, jugaba con las reglas y los límites de la narración (abusaba armoniosamente de las notas al pie de página y muchas veces él mismo se metía como personaje en sus historias). Y eso, asimismo, es algo que Michael Pietsch, quien pasó por lo menos dos años trabajando en la edición de El rey pálido, maneja. Pietsch, que ya había sido el editor de La broma infinita, y por lo tanto conocía lo meticuloso y detallista que era Foster Wallace, tuvo que ensamblar las páginas y trazos y capítulos sueltos. "Había casi tres mil páginas de material. Algunos eran capítulos terminados, otros notas y entradas de diarios donde explicaba qué quería hacer y versiones tempranas de borradores. Leí todo y escogí los capítulos que estaban finalizados y eran coherentes entre sí", recuerda Pietsch. "La novela está bastante lejos de una versión final, varios de los capítulos son piezas tempranas y seguramente David los hubiese resumido y revisado y habría continuado trabajando en ellos, pero ciertamente hay un desarrollo de personajes, locaciones, lugares e ideas. Para mí, El rey pálido contiene algunos de los escritos más poderosos y más profundos que David haya publicado".

"Leer la novela produce una extraña sensación de que el autor estaba atrapado, dando vueltas y más vueltas sobre algo que tal vez ya no daba más", dice Javier Calvo, escritor español y traductor de gran parte de la obra de Foster Wallace al castellano, incluyendo El rey pálido. "Más allá de una valoración literaria, también experimenté cierta sensación de tristeza y de futilidad, ante la idea de una persona joven muerta trágicamente, a quien la literatura no solamente no consiguió salvar, sino que prácticamente se lo llevó a la tumba".

El resto del artículo por acá.

jueves, enero 12, 2012

Entrevistas en Terminal



La gente de la revista Terminal me hizo, meses atrás, una entrevista.

Acá se puede ver la versión online: link.

Y acá el texto de esa misma entrevista: link.

miércoles, enero 11, 2012

Belleza trash


Seamos sinceros: puede que nos hayamos topado con anterioridad a Amy Adams (37), pero no fue hasta que la vimos en El luchador, ahí, detrás de la barra de un bar de mala muerte, cuando nos detuvimos realmente en ella. Porque no era el típico cliché de la barwoman: era más bien una barwoman trash, que podía detener las peleas con sus propias manos y hasta romper una botella para amenazar a alguno de los borrachos de turno. Ése, claro, fue el momento en que Adams se quedó en la retina de varios pese a que antes, eso sí, tuvo variadas apariciones como en la segunda parte de Juegos Sexuales o hasta como monja moralista en La duda. Y ahora, que sale en Los Muppets, donde hace de la dulce Mary, y canta y baila al lado de la rana René y Miss Piggy, queda claro que corren buenos tiempos para Amy. A eso hay que sumarle que está confirmada como la próxima Lois Lane para el reboot de Superman que se viene (esperemos que mejor que el último intento) y que será una de las musas de la generación beatnik en la adaptación de On the road. Y la clave, tal vez, es que siga intensificando su imagen tipo El luchador (dato: antes de despegar en Hollywood, Adams fue mesera por mucho tiempo en Hooters, una cadena de restaurantes estadounidense). O sea, una belleza trash, en la que parte del encanto es saber que, en cualquier momento, Amy te puede dejar en el suelo.

Original: acá.

lunes, enero 09, 2012



Más libros 2011



Ya hace un tiempo, semanas, salió mi resumen de lecturas en Hermano Cerdo (oink). Acá algunos otros 20 títulos que se me fueron (el orden no indica nada):


1.- Padres ausentes de Pablo Muñoz (Alvy Singer). Escribí algo al respecto: link.

2.- Instrucciones para cruzar la frontera de Luis Humberto Crosthwaite. Hace tiempo que quería leer este libro y, por fin, en la FIL de Guadalajara, pude comprarlo.

3.- La luz difícil de Tomás González. El género de novelas de escritores latinoamericanos vivendo en Estados Unidos es larga, pero esta tiene que estar sí o sí.

4.- Los días más felices de Rodrigo Hasbún. Gran portada. Y un par de relatos que trajeron a memoria lo peor y lo mejor de la pubertad.

5.- Absurdistán de Gary Shteyngart. Me gustó más Super sad true love story. Y hay demasiados españolismos en la traducción. Pero nada: muy entretenida y divertida. Y Gary es todo un personaje: acá la entrevista que le hice.

6.- Hombre elástico y otros cuentos de Mauricio Salvador. Lo pueden comprar, en versión digital, acá. Gran portada. Y personajes entrañables y algo borderline.

7.- Los ojos de Greta Garbo de Manuel Puig. Encontré este libro en una feria de saldos. No tenía idea de su existencia. No sé si Puig fue un gran cuentista (de hecho, creo que no lo fue, como sí fue un gran novelista y cinéfilo), pero hay dos relatos que hacen que valga todo la pena.

8.- A widow's memory de Joyce Carol Oates. Leerlo como la contraparte de las dos pequeñas memoirs de Joan Didion. Oates, como sabemos, escribe libros grandes. De muchas páginas. Y puede, por fin, entrevistarla: acá.

9.- Norte de Edmundo Paz Soldán. Así como Edmundo tiene la novela à la Columbine (Los vivos y los muertos), la novela política (Palacio quemado), ahora tiene una sobre la frontera. Y ojo con el personaje de Martín Ramírez: un artículo que hice al respecto.

10.- Los sinsabores del verdadero policía de Roberto Bolaño. Tiene muy buenos momentos. Y otros muy malos. No creo que lo pondría en mi top ten de 2011, ni menos es el libro del año. Pero de vez en cuando sale bien echar mano de un outtake bolañesco.

11.- Fiesta en la madriguera de Juan Pablo Villalobos. Una novela sobre el narco sin ser sobre el narco. O más bien: una novela sobre los susurros alrededor del narco.

12.- Eating animals de Jonathan Safran Foer. Tengo problemas éticos y sentimentales con este libro. De todas maneras, creo que tiene buenos y entretenidos momentos. Nota: sí, sigo comiendo carne.

13.- Némesis de Philip Roth. Si esta es la última novela que va a escribir Roth, no hay problema. Espero que no sea así, en todo caso.

14.- A la caza de la mujer de James Ellroy. Lo que todos queríamos: una ¿continuación? de Mis rincones oscuros. Y, fuck yeah, ver a Ellroy leyendo las primeras páginas de esta novela en vivo es un deleite.

15.- How it ended de Jay McInerney. Muchos creen que McInerney estaba muerto. O que es un invento de Bret Easton Ellis (leer Lunar Park). Pues bien, no, esta colección de relatos es muy buena. Y debería ser traducida al instante. Y recomiendo cualquiera de esos libros -Modelo de conducta o El último de los Savages- que venden en saldos en librerías chilenas.

16.- Chronic city de Jonathan Lethem. Seamos sinceros: un poco snob a ratos (¿quién diablos trabaja para la Criterion Collection?), pero en ¿cuántas novelas un tigre gigante destruye Nueva York?

17.- A la vista de Daniel Sada. Tal vez no es el mejor de los libros de Sada que he leído. Pero es el último antes de su muerte. Y, claro, es bueno, ágil, y tiene palabras que uno nunca había escuchado.

18.- Retratos y encuentros y Honrarás a tu padre de Gay Talese. Ok, no vale: son dos libros. El primero tiene crónicas y perfiles insuperables; y el segundo es la razón de que exista una serie llamada Los Soprano.

19.- Diarios de bicicleta de David Byrne. Debería haber más libros como este. Mil veces mejor que el de trotar de Murakami.

20.- Darkness visible de William Styron. Lo encontré, también, en una pequeña tienda de libros en inglés de saldos en Providencia.

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